20 sept. 2007

Haciendo malabares para no caer

Buscando noticias me encontre con este articulo que refleja de algunas formas y maneras lo que hacemos en ocasiones los animadores socioculturales y educadores sociales cuando trabajamos con menores que se encuentran de paso en nuestros centros de ocio "educativo"

Es largo, pero vale la pena pulsar sobre el botón sigue leyendo y sumergirte en la lectura de este articulo que quiza nos haga reflexionar una vez más.





Sobre el andén, un chico practica en soledad algunos trucos simples de malabarismo con tres pelotas de cuerina, una roja, una azul, una verde. Recuerda un arlequín de Picasso, con su cara triste, el cuello largo y los hombros estrechos; lleva, sin embargo, ropa deportiva oscura, no esos colores apastelados, esos celestes y grises y rosas de los arlequines picassianos. Los malabares que practica son sencillos, pero eso no los vuelve más fáciles para el chico, que deja caer las pelotas, no acierta el orden en que debe tirarlas al aire, tampoco calcula bien la distancia ni la velocidad. Todo es un desastre y lo será más todavía cuando trate de hacer lo mismo arriba de un tren en marcha, algo que supera su habilidad todavía elemental. La torpeza tiene mucho de patético, porque el chico sabe que está obligado a alcanzar un nivel por lo menos aceptable, donde todas las pelotas no terminen al mismo tiempo en el suelo.


Las pelotas no son pesadas; tienen el rebote de esferas rellenas con arroz o con arena gruesa y caben en la palma de la mano del chico. Son un juguete adecuado para su edad, sólo que no juega sino que intenta dominarlas para salir a trabajar con ellas. En el patio de una escuela, durante una clase de recreación, circo, magia y malabares (esas cosas que hoy forman parte de las ofertas educativas), el chico estaría haciendo lo mismo que en este andén. Sin embargo, las diferencias son tan obvias que vale la pena extenderse.

Bajo la luz mortecina y amarilla, sobre el suelo asquerosamente pegoteado, el chico practica su número sin demasiada convicción. Sólo de vez en cuando, distrayéndose de un aprendizaje que no progresa, el chico hace jueguito con alguna de las pelotas; la hace saltar corto sobre su empeine, luego la hace saltar un poco más alto y la recoge de nuevo con el empeine. El jueguito le sale mejor que los malabares, porque esa destreza está más hundida en un mundo de movimientos aprendidos sin practicarlos, como si los llevara inscriptos en el cuerpo desde que empezó a ver fútbol por televisión o a seguir a los chicos mayores hasta algún potrero. Pero ¿quién le dará una moneda por hacer lo que casi todos creen que pueden copiar mejor?


Ahora llega otro chico con otras pelotas más o menos iguales. Ambos quedan enfrentados e intentan coordinar el truco, no arrojándose las pelotas sino haciendo cada uno de ellos lo mismo. Si el truco individual estaba lleno de dificultades, esta repetición en espejo resulta imposible; cuando no se cae la pelota de uno se cae la del otro; todo el tiempo uno u otro están agachándose para recogerlas; el desorden visual destruye el efecto de un truco que debería ser una geometría en movimiento. Los chicos no se ríen; cada uno ve en el otro su propia imagen desorganizada por las pelotas que no responden a la consigna de elevarse y caer mientras otras se mantienen en el aire. Parados con las piernas y los brazos abiertos, inclinando un poco el torso para alcanzar la pelota que no ha subido en línea recta como debía, los chicos se ofrecen mutuamente un reflejo imperfecto.

Cuando llega el tren, el último chico sube y el primero se queda abajo, como si estuviera convencido de que todavía tiene que practicar un ratito. Los pocos pasajeros que descienden pasan al lado del chico, pero éste no les dedica ninguno de sus movimientos. Sabe, por supuesto que a la gente hay que agarrarla detenida, adentro del vagón. Para que lo observe gente en marcha debería ocupar un hall o un pasillo amplio, pero es evidente que su truco no da para esa buena locación escénica. Si se tratara de música, los pasajeros podrían acercarse escuchando y tirar una moneda. En cambio, lo que él ofrece es visual y necesita que la gente esté detenida.

¿A quién se le ocurre la idea de enseñar un truco de malabares a pequeños mendigos? La pregunta se justifica porque las ocupaciones de estos chicos van cambiando. Hace unos meses algunos cantaban de modo horrible canciones difíciles de reconocer. Le pregunté a dos de ellos y me dijeron lo mismo, sin otros detalles: "Me la enseñó un vendedor". ¿Y quién les indicó a los chicos que le tiendan la mano a cada uno de los pasajeros? Los primeros fueron de origen centroeuropeo, primos de quienes se sentaban con un perrito y un pequeño acordeón, como modelos de un dibujo sentimental: "El pequeño zíngaro". Todavía quedan en la calle Florida. Naturalmente, el tipo de representación (niño con acordeón, niño con perro, niño haciendo malabares, niño cantando, niño con clavas) se difunde y al primer chico le siguen algunas decenas, mientras otros abandonan, por cansancio, por fracaso. Son aprendizajes de la calle para chicos que salieron de las escuelas. Dentro de dos o tres años, el de los malabares en lugar de ser patético o melancólico con su truco torpemente logrado, será ridículo y pasará a otra cosa, seguramente más arriesgada. Pero él no tiene por delante esa larga medida de tiempo; acierta porque, salvo las pelotas de colores, nada está en sus manos. Ahora, ensimismado, sigue practicando su truco en el andén nocturno; no busca perfección sino que llegue el próximo tren. Ha dejado pasar uno y (dice) tomará el que sigue.

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