4 nov. 2012

Ese joven...

Publicado por: Laura González Barro
Texto escrito por: Laura González Barro



Ese joven treintañero que va por el Paseo de Gracia acompañado pero sin estarlo porque no está por lo que tiene que estar, ese que viste con un toque de elegancia, resuelto y apuesto que camina con prisas tirando del que va a su lado es Jaime.
Aquél que va a su lado con cara de circunstancia y miedo porque se puede caer ya que ni de lejos puede seguir el ritmo de Jaime y que intenta mantener el control de todo sujetando la mano de Jaime con fuerza y apretándose con el dedo índice de la otra mano el puente de las gafas, así, todo junto y sin pausas, aquel que todavía se hace un galimatías cada vez que le toca atarse sus zapatos negros de cuando va a tocar a pesar de ser también un treintañero y que no le gusta que el mundo vaya tan rápido a su alrededor es Luis.
Jaime y Luis son hermanos. Jaime y Luis nacieron el mismo día. Jaime y Luis son gemelos. Aunque nadie lo crea. Pero es así. Luis es una copia apagada de Jaime, un negativo de reserva que nunca tendrá una oportunidad para brillar porque simplemente no puede.
La gente cree que Luis no entiende mucho, pero simplemente Luis no quiere entender. Sabe muy bien que es mejor hacerse el sordo cuando la gente le dice a su hermano como si él no les escuchara que hay que ver que mala suerte que tuviera que nacer tontito. Y Jaime se irrita y dice que su hermano no es tontito, es especial. Y le defiende y le protege con la fuerza con la que lleva protegiéndolo desde pequeño. Y es que aunque Luis no entienda muy bien de emociones cree que su hermano, el que brilla, se siente culpable.
Jaime cree que si se hubiera dado prisa en salir de Conchita y no se hubiera rezagado, Luis no se hubiese tenido que estar dentro más tiempo de lo previsto y hubiese nacido sano. Y tiene razón. Pero Luis que no es tontito, sino especial, piensa que eran pequeños y que qué iba a saber Jaime lo que es un parto. Luis jamás le perdonó porque nunca hubo nada que perdonar. Jaime no dejará nunca de culparse a sí mismo.
Cuando salió Jaime, Conchita sonrió y le contempló un momento antes de seguir soplando por la boca y empujando al son de empuja, empuja. Y es que Conchita prefería escuchar ese enérgico empuja antes que a los médicos que comentaban algo de unas complicaciones en el parto. Así que Conchita empujaba con desespero, sin pausa, sin intención de rendirse, imaginándose a un Luis sano. Así hasta que salió, y cuando salió, lloró. Pero no lloró como quien llora por un por fin ni quien llora de alegría, lloró con desgarro y con las manos en un puño sobre el pecho intentando que su corazón desquebrajado no se saliera de allí mientras los médicos se llevaban a Luis a la UCI neonatal.
Conchita al principio no paraba de llorar. No lloraba porque no quisiese a Luis, sino porque creía que Luis era consciente de su situación y se le quería morir. Apenas comía y lloraba sin descanso, como quien no quiere estar en un sitio por más tiempo y mira de apagarse de alguna forma. Lloraba no porque su hijo fuese especial, sino porque pensaba que a vaya mierda de mundo le había traído, que era todo injusto y más que injusto y que seguro que a su pobre niño se lo iban a marginar. Y todo eso lo pensaba muy rápido mientras separaba los baberos de Jaime de los de Luis. Y tan rápido como lo pensaba, más rápido aún empezaba a llorar, y a Conchita que se le empañaban los ojos y ya no sabía qué baberos eran los de Jaime y cuáles los de Luis, los cogía todos y se los apretaba contra el pecho llorando mientras gimoteaba ay, mi niño, mi niño, qué desgracia, mi niño. Y Paco, el marido, que intentaba sacar a Luis de su llanto mientras Jaime dormía y miraba por el marco de la puerta de la habitación de los niños y veía a Conchita llorar, se daba media vuelta pensando si no sería ahora Conchita la que se volvería un tanto especial y que no era para tanto. Y lo pensaba al son de un ea, ea, ea, mi niño que me llora, ea, ea, ea, tu papi está aquí.
Pero Conchita también sonrió de felicidad, y vaya con la intensidad de su sonrisa. Sonrió, divertida, con las primeras preguntas curiosas de Jaime, entre ellas, cómo se hacían los niños. Y ella no sabía si decirle que los traía la cigüeña, si venían de París o decirle una verdad camuflada. Sonrió, tiernamente, cuando vio a Jaime abrazar a su hermano Luis mientras le decía que no se preocupase por nada, que él sería su Superman. Porque a Luis le llamaba la atención Superman, porque aunque fuese diferente, seguía siendo un niño. Sonrió de alivio cuando le concedieron una plaza a Luis en un centro especial. Sonrió, emocionada, cuando Luis empezó a aprender los primeros acordes de guitarra. Sonrió, de orgullo, al ver que cumplían años y más años sus dos hijos. Pero el día que realmente sonrió de felicidad fue el día que Luis aprendió a atarse los cordones, y es que ese día vio a Luis tan feliz, que a ella se le saltaron las lágrimas de la alegría mientras le decía, sí, muy bien, cariño, así se hace, y se lo comía a besos y dejaba que Luis hiciera y deshiciera, hiciera y deshiciera, y así hasta que se cansó porque ya empezaba a haber mucha gente mirándolo. Primero la educadora y su madre, después su hermano Jaime, después Paco, después unos niños especiales que todavía se estaban peleando con los cordones y por último una payasa de hospital que pasaba por allí. Ese día Conchita le compró a Luis unos zapatos negros con cordones que serían sus zapatos negros de cuando va a tocar, y Jaime se encargó de darle la sorpresa a su hermano, que se puso a aplaudir muy enérgico mientras Jaime, ante su reacción, empezó a decir mamá, parece que esté matando moscas, ¿eh que sí?
Y aprendió, y qué cosas más sabias. Aprendió que qué más daba si cincuenta más cincuenta eran cien si a pocas cosas se llegaban a cien en la vida. No cien euros ni cien caramelos. Sino por ejemplo, a cien amigos. Todos llegaban a tener unos tres amigos de verdad en su vida. O unas cuatro parejas que le habían marcado de verdad. O unos cinco desconocidos que le habían dejado huella porque le habían dado una lección de vida. Así que para qué complicarse con las matemáticas si dos y dos son cuatro. Aprendió a hacer de lo más complicado lo más simple, porque había aprendido a explicárselo todo a Luis así, simple, llano, con pocas palabras. No se rompía la cabeza como hacían Paco y Jaime sobre cosas como Napoleón, que ya había muerto y poco iba a hacer, y consideraba que ya la cultura de poco servía si no era para hablar en la mesa sin llegar a nada claro porque la gente siempre se confunde con los años en los que suceden las cosas. Aprendió a tocar la guitarra gracias a Luis, y aprendió la importancia de alegrarse por las cosas más simples, como aprender a atarse los cordones. Pero a lo que realmente aprendió, fue a no darle ni una brizna de preocupación a nada ni temerle a nada.
Aquél que va al lado de Jaime con cara de circunstancia y miedo porque se puede caer ya que ni de lejos puede seguir el ritmo de Jaime y que intenta mantener el control de todo sujetando la mano de Jaime con fuerza y apretándose con el dedo índice de la otra mano el puente de las gafas, así, todo junto y sin pausas, aquel que todavía se hace un galimatías cada vez que le toca atarse sus zapatos negros de cuando va a tocar a pesar de ser también un treintañero y que no le gusta que el mundo vaya tan rápido a su alrededor parece que no está pensando nada pero está pensando. Está pensando que por qué va tanta gente a despedirse de Conchita si se llama mamá, y por qué se ha tenido que poner de negro si él quería ir de color. Y aunque su hermano le hubiese dicho a Paco no te enfades que no entiende la situación, Luis lo entendió muy bien todo cuando su madre le explicó que dentro de poco se iría al cielo y le pidió que siempre fuese alegre, como era él. Especial. Por eso no quería ponerse sus zapatos negros de ir a tocar y quería ponerse su camiseta amarilla favorita. Y aunque no sabe muy bien de esas cosas de las gentes normales como organizar sus emociones y pensamientos, da las gracias por muchas cosas a su mamá a quién la gente se ha empeñado en llamar Conchita. Le da gracias por los treinta años que ha pasado a su lado, a su sonrisa de alivio cuando le concedieron una plaza en el centro especial, a su sonrisa de orgullo cuando aprendió los primeros acordes de guitarra y cuando sonrió de felicidad cuando aprendió a atarse los cordones de los zapatos. Y sobre todo, le dijo al oído a su madre cuando veía que ella se apagaba, te quiero mucho, mamá. Y si ves a Dios, dile que haga algo para que el algodón de azúcar no se me quede enganchado en los dedos.

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