17 abr. 2017

El parque de Jinámar acoge una convivencia entre los hogares de Mensajeros de la Paz y Los TISOC / TSIS tienen su espacio



En Mensajeros por la paz al igual que otras (aunque no muchas) instituciones tienen entre sus filas reconocido el perfil del Integrador social. En esta jornada de conviviencia que realizaron  varios integradores sociales tuvieron su protagonismo

Bandera con calavera alzada, cañones listos, viento a favor, mar en calma y los piratas perfectos para una aventura inolvidable. El parque de La Condesa, en Jinámar, se convirtió ayer en la isla del tesoro escondido más especial que jamás se ha visto. Los pequeños corsarios -usuarios de los diferentes hogares de la ONG sin ánimo de lucro Mensajeros de la paz- se apretaron bien sus pañuelos, colocaron sus parches negros en uno de sus ojos y sacaron las espadas de colores para encontrar la recompensa capaz de alegrar corazones. Así, entre pruebas la mar de difíciles y siempre trabajando en equipo, no sólo consiguieron su objetivo sino que disfrutaron de una convivencia sublime donde el sol, la comida, los juegos y las sonrisas fueron protagonistas.

Lo que ayer se vivió en el barrio teldense fue, sin duda, una jornada cargada de magia. Más de 100 niños, entre 0 y 18 años, además de sus educadores, intregradores o trabajadores sociales y monitores, ocuparon el espacio con el único objetivo de gozar y compartir. Revolcándose en el césped, con un balón de fútbol, llenando barriguitas con el pícnic creado con amor, escuchando música, inventado juegos o simplemente saboreando el buen día. 


Lo que ayer se vivió en el barrio teldense fue, sin duda, una jornada cargada de magia. Más de 100 niños, entre 0 y 18 años, además de sus educadores o trabajadores sociales y monitores, ocuparon el espacio con el único objetivo de gozar y compartir. Revolcándose en el césped, con un balón de fútbol, llenando barriguitas con el pícnic creado con amor, escuchando música, inventado juegos o simplemente saboreando el buen día.

Los pequeños son parte de Mensajeros de la paz en Gran Canaria. Divididos en diez hogares tutelados -uno para madres adolescentes con sus bebés, dos para chicos adolescentes, seis mixtos para niños de 2 a 18 años y otro para menores extranjeros- además de un comedor dedicado a familias con pocos recursos, durante la velada se convirtieron en un gran grupo unido.

Por diversos motivos familiares, los menores crecen en estos pisos donde sus responsables los cuidan, atienden y enseñan cada día de sus vidas. Los llevan al colegio, se encargan de que hagan sus deberes o de reforzar esas asignaturas que tienen más flojas, de que hagan actividades extraescolares, que posean esa ropa que más les gusta, disfruten de tiempo de ocio y aprendan habilidades sociales, entre otros muchos aspectos de la rutina diaria de cualquier niño.

Es Semana Santa, las vacaciones del colegio han llegado y estos pequeños no pueden ser más afortunados. Llevan una semana completa de actividades para caer rendidos, y es que si sus cachetes rojizos mostraban que el lunes estuvieron de piscina y toboganes, la aventura de ayer les enriqueció el alma al más no poder. A ellos y a los adultos que los acompañaron.

Estos últimos son auténticos magos. Además de tener miles de ojos para tenerlos a todos controlados, cientos de manos para que ninguno se quede sin abrazo y energía para parar los trenes que se pongan por delante, los acompañan desde que sale el sol hasta que los pijamas son vestimenta perfecta para ir a soñar con los angelitos. Asimismo, suele haber capacidad de diez niños por hogar, excepto el comedor que actualmente abarca 21 -aunque pueden ser hasta 40- y el monoparental de madres adolescentes que lo forman seis mamás con sus respectivos bebés.

En La Condesa todos convivieron, sin importar edad, sexo o procedencia. Desde por la mañana, llegaron en diferentes furgonetas de la entidad conducidas por los monitores que los iban trayendo a cuenta gotas, sin importar los viajes que fueran necesarios hacer. Una vez en el lugar, sacar los manteles y el pícnic fue misión de todos, poniendo sus nombres en los vasos de plástico y atando a las mesas las bolsas donde meter la basura que iban acumulando de los envases. Los mismos que fueron multiplicándose a medida que la deliciosa comida desaparecía.

Mientras las adolescentes con responsabilidad materna paseaban a sus pequeños en los carritos por decisión propia, el resto se fusionó en un enorme círculo para comenzar con una dinámica de presentación. "Hola, me llamo Alexei y mi símbolo es este", gritó el menor mientras hacía un corazón con los dedos de sus manos.

Una vez presentados, se dividieron en diferentes grupos representados por películas Disney. Fue entonces cuando comenzó la búsqueda del ansiado tesoro. Con la cartulina de la ruta a trazar lista, saltaron del barco y empezaron con la misión -sólo para valientes-, recorriendo la isla.

Tuvieron que superar juegos de palabras o canciones, transportar en la boca vasos con agua, mantener cucharas con pelotas que no podían rozar el suelo o superar adivinanzas que sólo corsarios de primera son capaces de resolver. Y tanto brilló el esfuerzo como el trabajo el equipo y la diversión, que el tesoro lo hallaron todos juntos y de la mano. Así, los integradores sociales en prácticas Daniel González y Judith de la Nuez -impulsores de la actividad con otros compañeros- abrieron la ansiada caja que contenía chucherías más valiosas que infinitas monedas de oro.

Con ilusión en cada rostro y felicidad en la mirada, los niños recogieron su premio sin quitarse sus pañuelos y parches y cargando con las espadas -hechas de globos- con las que lucharon sanamente. "No nos conocíamos entre los de prácticas de distintos hogares, pero se me ocurrió la actividad, la compartí y la creamos como una gran familia", explica González.  


Z Mamás adolescentes

Isabel Tacoronte y Verónica V. llevan 7 y 14 años, respectivamente, como educadoras en el hogar de mamás adolescentes, donde actualmente la más pequeña de las usuarias tiene 13 años. Aseguran que su labor diaria es "como la de una madre", de forma que "nos encargamos de que estudien, busquen una profesión que les guste, vamos con ellas al médico e incluso las acompañamos en el parto o les enseñamos como gestionar los papeles para el registro de sus hijos o para buscar trabajo", señalan.

Pasan con ellas -embarazadas o ya con sus bebés- el día a día, y un mínimo de dos noches a la semana se quedan a dormir, donde les toca levantarse para las tomas de los pequeños o para ayudarlas con todo lo que necesiten, "porque tenemos que hacer que mantengan también su vida de adolescentes", cuentan. Además, organizan talleres de sexualidad, tareas de mediación, conducta o de habilidades sociales, ya que se trata de menores en desamparo cuya tutela -al igual que la de los bebés- es del Estado.

Aseguran que es imposible no quererlos y que la piel se les sigue poniendo de gallina con cada vida que llega. "Se salvan dos a la vez", añaden con orgullo mientras afirman que "vamos con ellas de tiendas, tienen ocio y todo lo básico y más cubierto". Aún así, critican la falta de hogares en la Isla que acojan a estas niñas con sus hijos cuando cumplen la mayoría de edad, "porque aquí se quedan unos meses más si aún no han conseguido un trabajo o los recursos necesarios para salir adelante, pero es injusto que les puedan llegar a quitar a sus pequeños, siendo buenas madres, si no logran su objetivo".

Z Comedor

El comedor es diferente, porque en él no duerme nadie y los niños que acuden lo hacen de la mano de sus padres. Allí pasan las tardes, hacen los deberes, disfrutan de talleres, una buena merienda y, por la noche, se llevan un menú para cenar en casa. Además, tienen la opción de formar parte de un banco de alimentos, recibiendo compras completas cada mes. "La idea es que no estén todo el día en la calle", fija la monitora Natalia Cerpa.

De piratas, de magos o de guerreros. Vayan de lo que vayan, estos pequeños y sus guías son auténticos héroes, capaces de regalar valiosos tesoros en forma de sonrisas.
 

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