18 oct. 2010

Reflexiones sobre el articulo "Cuando todos critican al padre"

Como viene siendo habitual, el Blog de la Animación sociocultural y la integración social no se publica un Domingo, un Domingo cualquiera en la que leo a menudo diversa prensa en el local que regento. Para sorpresa mía, junto con el Periódico local que compro habitualmente para el Bar regalan cada Domingo el Diario ABC, en esta publicación realizan un monográfico sobre la Educación que me ha llegado y me ha resultado interesante tanto en datos como en su propia confección.

Es por ello que, ahora lunes levantándome pronto, me gustaría compartirlo con vosotros y vosotras Animadores Socioculturales e Integradores sociales y demás personas que visitáis regularmente este blog y proponeros un debate al rededor de este y el posterior articulo que en un próximo post os deleitare.

CUANDO TODOS CRITICAN AL PADRE
JOSÉ ANTONIO MARINA


El discurso educativo se ha hecho pesimista y dramático. Casi siempre que hablamos de educación lo hacemos en términos apocalípticos. Es cierto que educar es difícil, pero creo que debemos recuperar una actitud más optimista, animosa y activa. Tenemos los medios, los conocimientos y las oportunidades de educar bien, y solo nos falta la decisión de hacerlo. ¿De dónde debe surgir este movimiento de renovación? Sin duda, de la sociedad en su conjunto, pero los dos protagonistas, los dos focos de la conciencia social educativa, han de ser las familias y las escuelas. No separadas, sino unidas. Padres y docentes forman el equipo pedagógico básico, y debemos elaborar una pedagogía compartida que permita que la casa y la escuela no sean espacios separados o antagónicos, sino cooperadores. Cada día se habla más de un «complementary learning», de un aprendizaje complementario entre ambas instituciones, pero esta idea tan elemental encuentra muchas dificultades para ponerse en práctica. Hay que vencer perezas y recelos por ambos lados. Todos los estudios indican que los padres solos no pueden educar bien, pero que la escuela sola tampoco puede hacerlo. Por ello, este artículo pretende ser, además de una exposición de motivos, una llamada a la acción, dirigida a la sociedad. 

Comenzaré por el principio, precisando los objetivos de la educación. Con ella, lo que pretendemos es que nuestros niños y niñas adquieran los recursos intelectuales, afectivos, volitivos y morales para dirigir responsable y adecuadamente sus vidas, ser capaces de aprovechar las oportunidades y enfrentarse con los problemas. Dicho de forma expeditiva, lo que todos deseamos es que estén en las mejores condiciones para ser felices y ser buenas personas. Esto incluye la posibilidad de un buen trabajo y el talento para mantener relaciones afectivas satisfactorias, y para colaborar al bienestar general. Los objetivos de la educación son ambiciosos, pero pueden resumirse en una escueta fórmula: educación = instrucción + educación del carácter.

Formar el carácter

Educar es, sin duda, proporcionar al niño, o al adulto, los conocimientos necesarios. De eso —de la instrucción— se encarga fundamentalmente el sistema educativo. Pero educar es también ayudar a formar el carácter. Carácter es el conjunto de hábitos que una persona adquiere, y que van a ampliar o limitar sus posibilidades vitales. El buen carácter es el que aumenta las posibilidades de desarrollo, autonomía, creatividad y eficacia de una persona. Ser optimista, valiente, soportar el esfuerzo, disfrutar con las cosas buenas, estar dispuesto a aprender continuamente, ser capaz de emprender proyectos, de comunicarse, de colaborar, mantener la confianza en sí mismo, buscar la justicia, son recursos que forman parte del buen carácter. 

Nosotros no podemos resolver los problemas de nuestros hijos, ni siquiera sabemos cuáles podrán ser. Ellos tendrán que pelear sus propios combates. Nuestra obligación es proporcionarles competencias generales; ayudarles a desarrollar las fortalezas personales. Por ejemplo, podemos estar seguros de que al llegar a la adolescencia vivirán en un mundo en el que las drogas van a estar presentes. No podemos evitarlo. Lo único que podemos hacer es educarles para que ellos tomen la decisión más inteligente en el momento oportuno. Pues bien, la formación del carácter es tarea conjunta de la familia y de la escuela. Por eso deben colaborar. El protagonismo de la familia es decisivo. Sin embargo, durante la última mitad del siglo pasado su papel educativo fue ampliamente criticado. Se la tachó de ser una institución autoritaria, que anulaba la libertad de los hijos y prolongaba una injusticia patriarcal. Se repitió como un dogma de fe la afirmación de Freud: «Hagan lo que hagan los padres, lo harán mal». La situación resulta angustiosa para muchos padres.

Por una parte se les responsabilizaba de la conducta de sus hijos. Cada vez que hay un problema social causado por la juventud, todo el mundo critica a los padres por no cumplir su obligación. Pero, al mismo tiempo, se rebaja la autoridad de los padres. El código civil les quitó hasta la facultad de «corregir adecuadamente» a sus hijos. En este momento, por ejemplo, la «patria potestad» ha pasado de ser un derecho sobre los hijos a ser solo un conjunto de deberes sin reciprocidad. Ambas situaciones eran, por supuesto, injustas. Sin duda, hay muchos padres que se desentienden de sus obligaciones educativas, hay una profunda crisis de la institución familiar, las relaciones matrimoniales se han fragilizado...; pero la mayoría de los padres están muy preocupados y confusos por la educación de sus hijos. Si delegan en la escuela toda la responsabilidad, no es tanto por comodidad como por impotencia.


En España, las madres que trabajan tienen un complejo crónico de culpabilidad. Por esa razón, hace tres años fundé la Universidad de padres on line, con el propósito de ayudar a las familias durante todo el proceso educativo, desde el nacimiento del niño hasta los 16 años. Se trata de poner a su disposición los conocimientos y las prácticas educativas más actuales y eficaces. El éxito de la iniciativa confirma mi convicción de que la mayoría de los padres quieren hacer bien sus tareas. Pueden informarse en www.universidaddepadres.es.

¿Por qué dije antes que este artículo iba dirigido a la sociedad entera? En primer lugar, porque, como me gusta repetir, «para educar a un niño hace falta la tribu entera». En segundo lugar, porque familia y escuela necesitan el apoyo, la cercanía, el interés de toda la ciudadanía. Al fin y al cabo, nuestro nivel de vida va a depender de la buena educación de nuestros jóvenes.

Educación=instrucción+educación del carácter





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