13 feb. 2007

Protegida de un desamor violento

Protegida de un desamor violento

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SONIA es una de las 15 mujeres en toda España con protección personal. No es política ni la amenaza ETA. El peligro de muerte procede de su ex, condenado por maltratarla, quien ya ha salido de prisión y se la tiene jurada. Así es una jornada para ella en la semana de San Valentín

ANA MARIA ORTIZ


Sonia se ha acostumbrado a hacer la compra un sólo día a la semana para evitar molestar al escolta más de lo preciso.
El escolta aparece en su casa, en el barrio donostiarra de Intxaurrondo, sobre las 08:10 de la mañana. Sigue meticulosamente el protocolo de seguridad de todos los días. Primero abre el portal -tiene llave propia- y revisa el edificio hasta cerciorarse de que no hay sorpresas en los huecos de las escaleras. Si todo huele a normalidad avisa a la inquilina del 4º C, su protegida. Sólo entonces Sonia Franco, 35 años, quita el cerrojo, desecha las dos vueltas que le tiene dada a la llave y sale con los dos niños de la mano camino del colegio. La visión de las marcas que su agresor dejó en la puerta del piso a fuerza de coces le recuerdan cada mañana el peligro que se cierne sobre ella. Por eso, hasta que vuelva a amurallarse en su domicilio -cerrojo y doble vuelta de llave-, a las siete u ocho de la tarde como norma, el escolta será el escudo que blinde todos y cada uno de sus movimientos.

Es lógico que la imagen de Sonia y su comitiva no chirríe a la gente de la calle. En el País Vasco, donde 2.000 personas llevan protección, los escoltas forman parte de la normalidad. Pero resulta que ella no es un cargo público como todos piensan al verla. El escolta que la sigue no es la factura que asumen por estos lares aquellos a los que les nace la vocación política. Sonia Franco no ha tenido posibilidad de elegir. Vende zapatos en la tienda de la familia y está custodiada porque su ex, condenado por maltratarla, salió hace dos meses de prisión y se la tiene jurada.

Como ella, ahora mismo otras 11 vascas víctimas de la llamada violencia doméstica son protegidas de sus maridos o parejas por escoltas que las acompañan 24 horas al día. Se puede decir que el País Vasco, pionero en implantar este sistema de vigilancia personal a maltratadas -desde noviembre de 2004 ha dado servicio de escolta a 36 mujeres-, ha sido el laboratorio de ensayo. Prueba de que la iniciativa ha tenido éxito es el hecho de que Navarra haya copiado el modelo -el programa arrancó en diciembre pasado y facilita escolta ya a tres mujeres- y que la comunidad Valenciana, Baleares, Andalucía y Castilla y León estén a las puertas de hacerlo.

Ninguna de las escoltadas ha sufrido rasguño alguno, pero otras siete mujeres han muerto en lo que va de año; 68, en 2006; 62, en 2005... La Ley Integral contra la Violencia de Género ha creado un clima de sensibilidad contra los violentos y ha envalentonado a muchas mujeres que ahora denuncian, pero el goteo de asesinatos no cesa. ¿Podrían ser los escoltas el arma que mejor las defienda?

Sonia Franco cree que sí. «Si no fuera por él», dice mirando al hombre que se ha convertido en su mosquetero, «yo estaría en el cementerio». Y no crean que sus palabras destilan exageración victimista. Está absolutamente convencida de que ese hubiera sido su destino. Desgrana sus miserias sentada en su casa con las muletas recostadas en las piernas. Los niños ya están en el colegio. El escolta, en la puerta. La escayola del pie es por una rotura de los maleolos la tarde de Fin de Año, cuando trataba de seguir el ritmo de los chicos en la pista de hielo. Pero antes tuvo otros yesos por porrazos de su ex.

Su historia no difiere mucho de cualquier otra mujer vejada en casa a la que se le pregunte por su calvario. Comenzó con un «tú, puta gorda, no vales para nada» y un «hija de puta, esta mierda de comida se la das a tu padre», con algún oportuno «lo siento, no lo volveré a hacer» intercalado entre tercio y tercio. Le siguió un puré estampado en el techo y las cortinas, algunos muebles y puertas destrozados a patadas con la llantina de los niños como sonido de fondo y amenazas cada vez más subidas de tono: «Te voy a matar». Hasta que el 1 de julio de 2003 Sonia acabó con un dedo del pie roto y un buen bofefón en la cara y dijo basta.

En los dos años que mediaron hasta el ingreso en prisión del agresor se sucedieron cinco denuncias de Sonia, varias amenazas de él, terapias psicológicas y educadores sociales para ella y los niños y, finalmente, tres condenas que sumaron 27 meses de prisión. El 15 de diciembre de 2006, cuando él aún no había cumplido un año entre rejas, se acogió a un programa de rehabilitación y fue puesto en libertad. «Se me puso una pelota en el estómago. Siempre pensando ¿y cuándo salga y cuándo salga?, viendo en televisión a mujeres asesinadas en permisos penitenciarios de sus maridos... Y el día había llegado». Inmediatamente pidió la protección de un escolta y se la aprobaron. «En principio lo tengo concedido durante cinco años pero yo tengo claro que esto no se acaba hasta que muera él o yo», dice.

No todas las víctimas de la violencia de género son custodiadas con tanto celo. La factura económica sería imposible de asumir. Un escolta privado -los que vigilan a maltratadas en el País Vaso y Navarra lo son- cuesta unos 84.000 euros al año. Ponerle uno a todas las españolas que hoy están amparadas por una orden de protección, 40.000, supondría un coste anual de 3.360 millones de euros.

Por eso, tanto el programa vasco como el navarro contemplan varios niveles de auxilio. Un equipo de especialistas evalúa el riesgo al que está expuesta la víctima y finalmente el juez decide dónde debe ubicarse. El nivel de máxima protección, en el que se encuentran Sonia y otras 14 mujeres entre vascas y navarras, es el único que contempla los escoltas personales. Le sigue un segundo escalón donde las víctimas comparten una patrulla de agentes. Éstos las visitan diariamente y las acompañan en las salidas que se consideran de riesgo. Además se les facilita un dispositivo avisador -un móvil o una pulsera electrónica- por si corrieran peligro inminente. (Desde noviembre de 2004, 584 vascas han pasado por este segundo estadio de seguimiento). El tercer nivel -3.007 vascas desde 2004- apenas contempla el contacto telefónico y un curso de autoprotección.

«Toda mujer amenazada debería tener escolta como los políticos. La vida de ellos vale pero la nuestra también. Que se nos proteja», reclama Sonia a los postres, en el restaurante del acuario donostiarra, con el escolta a la mesa, frente a ella.

A la salida, un par de jóvenes hacen tiempo leyendo la prensa dentro de un coche. El escolta los saluda. Son compañeros. Ellos están con un VIP, un político.

ESPÍRITU POSITIVO

Sonia es una mujer extremadamente optimista aunque asegura que lo de ser positiva es traje nuevo, que pasó dos años en pijama incapaz de sacudirse la depresión. Su alegre actitud quizás explica su respuesta cuando se le pregunta si no la asfixia sentir el aliento del escolta todo el día en su cogote, si no se siente amordazada ante la perspectiva de no poder volver a dar un paso sin él, si no echa de menos un paseo solitario... «Mira, yo lo que me siento es aliviada. Ahora salgo a la calle y sé que voy a volver viva a casa».

Con todo, encajar el escolta en su vida no ha sido fácil. Hubo que explicárselo a los niños. La chica, 12 años, fruto de una relación anterior, ya era mayorcita para entender lo que había pasado en casa. El pequeño, seis años, hijo del agresor, necesitó más atenciones. «[El escolta] va a estar con nosotros para que no le vuelvan a hacer daño a mamá», se le dijo.

A las 17.00 horas en punto, mamá y el escolta esperan a la puerta del colegio. Aparece una adolescente con aparato en los dientes, muy preocupada por las marcas, y un niño inquieto que se devora compulsivamente las uñas. Un par de crías mira al grupo escoltado, señalan y se ríen. En el colegio es público el historial del padre. Hace unos días, al pequeño le encargaron que representara a sus padres trabajando. A ella la dibujó en la zapatería. A él, en la cárcel.

Pese a la sonrisa con la que Sonia afronta su destino no puede negar que el escolta le ha atado las manos. Después de pedirle que la acompañe al colegio, tenerlo todo el día vigilando en la puerta de la zapatería, vuelta al colegio, sesión con los niños en la pista de hielo... Le cuesta molestarlo más de lo preciso. «Al principio lo pasaba fatal. Tienes que llamarlo hasta para comprar el pan y te da remordimientos hacerle venir para media hora y al rato volver a llamarlo para hacer la compra. Así que cambias tu agenda y en lugar de comprar dos o tres veces a la semana, lo haces una, y consumes pan precocinado o mandas a alguien a por él. El te dice que no te cortes que es su trabajo pero tú te cortas». (Los escoltas cobran unos 2.400 euros al mes y tienen que estar disponibles 24 horas al día). Si unos amigos la invitan a cenar es raro que acepte. «¿Cómo voy a estar comiendo tan tranquila sabiendo que él está tirado fuera esperándome?», dice.

Desde que es una mujer escoltada, Sonia no ha osado asomarse a la calle sola. El agresor vive en el barrio y siente sus zarpas muy cerca. «No me perdona que lo denunciara y menos que acabara en la cárcel. Es capaz de venir o de enviarme a alguien. Lo sé y lo espero». De momento, él no se ha mostrado.

Era una de las principales incógnitas sobre la eficacia del sistema. ¿La presencia física del escolta sería suficiente para ahuyentar a un maltratador, un atacante muy visceral al que no le importa llevarse vidas por delante y que está dispuesto a perder la suya propia? «El resultado ha sido buenísimo», dice Vicente de la Cruz, presidente de la asociación española de escoltas (Ases), «pensábamos que iba a haber mucho riesgo, situaciones muy difíciles, pero hemos comprobado que los maltratadores ni siquiera aparecen. Les disuade la presencia del escolta».

La asociación que preside De la Cruz presentó al Ministerio de Interior en 2004 un Plan Integral para proteger a las víctimas de la violencia de género con escoltas que entonces fue rechazado. Pero hace tres meses, la Comisión Nacional de la Policía Judicial retomó el asunto y encargó un informe jurídico para estudiar cómo se puede encajar legalmente este tipo de vigilancia para cubrir a todas las españolas.

Uno de los aspectos en los que más inciden los profesionales del sector es en la necesidad de que los escoltas reciban una formación específica para este tipo de violencia. Ases lleva ya nueve ediciones de sus cursos en los que enseñan a los escoltas no sólo los vericuetos de la ley y las peculiares condiciones psicológicas en las que puede encontrarse la protegida sino también los límites de su relación con ésta. «Se trata de mujeres con la autoestima por los suelos y de repente aparece el escolta protector y puede creerse que se ha enamorado de él», explica Vicente de la Cruz. «En los cursos les decimos: "Ojo, señores, no se hagan líos, la relación debe ser profesional"».

En el palacio de hielo, donde Sonia (y el escolta) acompaña a patina a los niños, aparece Esther Antero, presidenta de la asociación de maltratadas ACOVIDEM y amiga de Sonia. Esther fue una de las primeras vascas con escolta. Lo ha tenido durante cuatro años, desde que su ex marido se le plantó delante con un cuchillo y le rebanó la cara al amigo que se interpuso hasta que en octubre pasado entró en prisión. Pese a saberlo encerrado, inconscientemente, Esther, como Sonia, sigue velando por su seguridad. «Las crías me dicen: "Pero, mamá, ¿para que miras en el hueco de la escalera?". Te has acostumbrado a mantener unas medidas de autoprotección de las que es difícil desprenderse», cuenta. Ambas preguntaron si podían tener una pistola y se les que dijo no. Pero si miraran en sus bolsos aún encontrarían algún repelente anti maltratadores.

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